Apenas alguien se asoma al patio monipodio y desquiciado de política española en este tiempo, constata la división que acompaña –o según otros provoca- la deriva de un país camino de irrelevancia. Lo digo sin creer que haya un destino, y también sin pesimismo. Pero es fácil conceder que la división comporta debilidad de un país, y ausencia de horizonte común y regulativo. Aunque a la inversa, también: la pérdida de presencia en los afueras, la irrelevancia que acecha, la carencia de proyecto más allá de lo doméstico, creando miradas torvas –destructoras- hacia adentro. Como enferma cualquier cuerpo que no ama, que no desea ni actúa, en su solipsismo interno.

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