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Los viajes tienen una luz muy diferente cuando están en el recuerdo. Y creo que no sólo por la selección de experiencias que produce la memoria, ni siquiera por el halo emocional de una evocación en el tiempo y la distancia. Que ambas cosas también –y quizás sobre todo, tal concedo de antemano. Pero también porque ese viaje revivido en la emoción y la memoria es andanza que efectúa nuestra alma por sí sola. Digo el alma -no el espíritu-, sin que el cuerpo le añada su sólita servidumbre: ese no poder frecuentar sin solución de continuidad lugares que separa una distancia, esa selección que la vista produce con su enfocar limitado, la fatiga o el sudor callejeando en verano -o remontando las empinadas callejas o las cuestas insufribles-, los bares abarrotados o las colas de museos… Y sin que en el recuerdo viajemos como se hace en virtual –mas por una inmediatez del contacto que establece la emoción con lugares tan cambiantes –no hay río que permita la identidad de dos baños-, y experiencias que retornando se mudan y se estremecen. Ese azogue tan kantiano que añaden a lo vivido los a priori del alma.

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