Cuando el niño iba siendo capaz de enjuiciar y conocer algo más sobre su entorno –qué decepción los adultos… Los seres casi todopoderosos y sapientes sobre los que pendía la seguridad de su mundo inmaculado, carcomidos ahora de inmadurez, prepotencia y egoísmo, o de bajeza. Y aquel niño lo veía acontecer en no pocas ocasiones. Le restaría conocer que convertirse en adulto no es un hecho temporal y biológico tan sólo: pues siendo premisa la madurez de su mente y de su cuerpo, y la experiencia adquirida… no bastaría sin embargo si no hubo un trabajo dilatado sobre sí, hasta conocer la humildad y lo incompleto de lo que se es en cada instante. Contra la altiva ignorancia de aquél –parapetado en su edad, su posición, sus títulos más o menos adquiridos… para dogmatizar sin cuestión de cuanto a él mismo le falta.

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