Rafael Álvarez, el Brujo, es monologuista de gran predicamento en el teatro. Ayer, sin más y con sus Misterios del Quijote, casi a la bandera el lleno. Yo lo veo desenvolverse con autoridad que no puede separarse de un serio desenfado. Su figura menuda, con camisa que es casi blusón de color rojo –el pelo entre quijote, sabio o loco- me trae a la memoria aquella imagen de Fofó, el grande del humor y la ternura. Le sobra en ocasiones una pretensión que no cuadra con su hacer y su maestría: un aire doctoral que encuentra teología con asiduidad y exceso, incluso un modo de razón rayana en esoterismo -si emboscado. Cuánto gana, sin embargo, cuando actúa con su palabra y su gesto –con pretensión tan sólo de comunicar con el público que aguarda, con sinergia y en tanto que hablador y que actuante.

©

Anuncios