No siempre hay vanidad en el hecho de acoger lo que parece un elogio. Y menos cuando las palabras elogiosas se dirigen no tanto a quien las recibe –mas a una obra que saliera de su mente, su corazón y sus manos. Pues ese halago es a veces nada menos que un modo de amar conjuntamente, en comunión, una obra. Sin desdeñar sin embargo a quien la concibió, y la engendra. Como también, la vanidad no es censurable en todo y cualquier caso –pues es fértil si se acompaña de ademán generoso y evita la hinchazón o el narcisismo. Por lo demás, hay ruta de contravuelta en la gratitud que por ello se devuelve –el retorno, que es elogio de quien supo valorar tan espontáneo, tan desprendido y primero.

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