Una generación es un modo de mirar y de vivir –una impregnación, sin saberlo, de valores compartidos. Sin saberlo, o no explícitos –que es mucho más que decir inexpresados. Porque en el relieve de su hacer y de su historia manifiesta, se advierte el limen de la confrontación y dialéctica que agita una epidermis. Pero al final una generación a sí misma se entiende, incluso en el trance desgarrado de la guerra. Otra cosa es envejecer, cuando un mundo nuevo adviene con su empuje y no trae algo mejor –ni peor, ni diferente. Mas una contestación a partir de valores sin fundamentar que fluctúan a lo largo y a lo ancho de su inicio, un caleidoscopio irresponsable que quienes portan no entienden. Que trabajan y procuran asentarse poco a poco, o constituir el humus que los nutrirá en un tiempo. Para envejecer después. Tan lánguida y lentamente.

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