Dada una aptitud suficiente, en el mundo del trabajo el individualismo tiene a su favor que resulta eficaz. Y menos estresante en mucha ocasión. De hecho, la colectividad –o forzar a que haya acuerdo, o que al menos se lo intente- a veces se convierte en un llevar a la espalda el ritmo diferente de los otros. Como también cuenta grandemente la ineficacia del lenguaje para comunicar el pensamiento en tiempo real. Y en ello debe de haber una verdad pues, como paliativo, en el orbe laboral se instituyen jerarquías –por el escalafón o por la autoridad moral. Por lo demás y en el fondo de las cosas, se percibe inevitable la vigencia irreductible de discursos y actitudes de valor desigual y contrapuesto. Lo que tal vez, mirando a lo universal, tampoco importe grandemente. Prueba es que el mundo sigue, y la humanidad también –a trancas y barrancas, y a pesar de tanto pesar.

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