No se olvide que en el contrapeso de poderes del Estado, el poder judicial es la sede y residencia mismamente de un poder. El último en retener el aura sacral que otrora poseyeran los sacerdotes y reyes, contrapeso de sí mismo por definirse tal garante de la efectividad de la ley. En la ficción de que quienes lo administran regulan sus pequeñeces o errores por el ardid preestablecido de una juridicidad global. Un ardid de la ley o la razón, por disimular lo inquietante de su suficiencia propia –su inmune autorreferencialidad.

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