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Ganarían los filósofos si enseñaran a vivir escuetamente –sin construcciones ociosas ni enojosos añadidos. Lo que no quita un ápice al prestigio que propicia la utilidad del saber y el rigor con que proceden. Lo demás, es pretender que la filosofía sea otra cosa distinta de la que es –por pretensiones inconfesadas y espurias. Desde este punto de vista, entiendo que la espontaneidad que digo se vio sofocada por una imitación en dos momentos sucesivos -dilatados. Por la mímesis del dogmatismo teológico: asentando verdades más allá, idealistas hasta la postulación de incomprensibles cimientos. Y también –más tarde- por la imitación del dogmatismo científico: donde la filosofía nada tiene que buscar más allá de ser crítica del método y de algún procedimiento. Tal vez por ello hubiera que buscar a los filósofos en periodos muy literarios y antiguos –y también, en lo moderno, en quienes supieron jugar con el saber, con la experiencia común y el día a día que nos hace. Y también, y sobre todo, con las cosas que afrontamos.

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