Entre pillar y pescar no había grande diferencia entre los compañeros de mi infancia. De hecho, en las correntillas con las que se competía en el patio del colegio –al que corría delante se lo pescaba en el caso más feliz de la contienda. Como se pescaban moscas en su vuelo y con la mano –o una rana saltarina en el brazal o el estanque. O el pescar figurado, cuando el maestro sorprendía a un alumno in flagranti si copiaba en un examen. Pero aquel uso se fue, como tantas cosas poco a poco fueron yéndose. Y hoy la pesca se reduce al ámbito fluvial o marinero –salvo cuando la presa es, en sentido figurado, algún chorizo sorprendido con el carro del helado, o con las manos obscenas y empringadas en la masa.

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