Con aire de profundidad, y hablando como quien se asomó por un instante al otero de la vida, aquel hombre me decía esa sentencia –que no siempre la longevidad es una bendición para cualquiera, en cualquier caso. Y tengo para mí que nadie lo sabrá, o que no hay una regla que valiera para todos, ni un destino o cosa fija. Pero es cierto que hay hechos –esa monja añosa con hábito en el geriátrico, en silla de ruedas, con su soledad y perdida la memoria de lo antiguo y de lo nuevo, con el gesto de humildad que un recogimiento pronuncia y lo acentúa… y en rapto momentáneo no más alcanza a decir: sólo tengo ganas de llorar… en la bondad que traslucen sus arrugas- hay cosas que se ven y que abren a quien pasa, no compasión fugitiva -mas impotencia y congoja.

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