La dulzura con que hablan los hombres que por amor maduraron –por un amor de la luz, del sosiego y el saber, por un amor demorando su trabajo sobre sí. Quienes portan ese aire aquietado en el cristal de un respeto: la expectación de una espera, sin afirmación rostro a rostro ni poder en las palabras que se cruzan. Una aquiescencia que invita a penetrar en su mundo: provocando el sinfondo abisal y compartido de su propia comunión.

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