El cura del lugar, al atardecer y en la plaza de la iglesia, en un banco conversaba con un par de inmigrantes musulmanes. Quienes denegaban las palabras con que el clérigo buscaba persuadir del perdón venidero de toda acción inicua. Tal si Dios asumiera la maldad, en una pacificación final de iniquidad o violencia que unos ejercieran sobre sí o sobre los otros. Y no aceptaban tal los antes dichos musulmanes –por si ello supusiera consagrar la impunidad en el mundo que tenemos, y en el otro. Como una obturación de la conducta responsable en el transcurso de los siglos  -por los siglos, y en los siglos de los siglos.

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