A Luisillo Pasoslargos los vecinos lo veían caminando con frecuencia y paso raudo por la calle mayor de aquel pueblo de mediana población –entre villa populosa, y ciudad casi o apenas. De inteligencia mediana, era célebre por su cabeza inclinada mirando a las baldosas entre tanto caminaba priesamente –por su convicción inveterada de que habría por el suelo menudas monedillas, en ocasiones billetes que algún transeúnte extraviara en su descuido. Luisillo siempre aguardaba con secreto la ocasión venturosa del hallazgo. Decíase que incluso con fortuna, pues de tanto en tanto se lo oía proclamar al ritmo de sus pasos: cinco euros, dos euros, dos céntimos a la buchaca. Y era tan frecuente el oírlo, que muchos reputaban insólita la suerte de su vecino. Hasta el punto en que algún cuerdo se ceñía con disimulo a su rutina y su paso: por si la ventura le deparaba anticiparse en algún menudo hallazgo. Incluso hubo día en que una mujer rozagante, cargada con dos bolsas de la compra en ambas manos, lo adelantaba por la acera –y regresaba con paso aturdido y ávido para pisar posesiva un billete que se veía en el suelo. Una vez la usucapión se hubo consumado, explicaba a los otros transeúntes: pues ayer, poco más adelante, encontré otros treinta euros en el suelo –entre gentes que en su entorno conversaban sin saberlo. Un pueblo, o un potosí. Cada vez con más y más paseantes brujuleando en la prisa de sus pasos.

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