Las primeras veces que frecuentaba la redacción del periódico –buscando la alegría de que fuera publicada la columna, el artículo que escribí con escrúpulo infrecuente entre autores juveniles. El jefe de opinión amable siempre, acogedor y distante como juez que dirimiera el entusiasmo que las letras consignadas ocultaban. Y al siguiente día, y al posterior –y al otro, incluso al otro en algunas ocasiones-, la visita a la barra del bar, al tenderete del kiosko por ver si la palabra entregada por escrito oliera a rotativo, a pasta de papel y a tinta reimprimida. Hoy, con un click de ordenador la publicación se expande universal por los plasmas –con la satisfacción inmediata del contador que, transitorias y efímeras, registra una a una las visitas.

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