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Mis años juveniles me dieron una imagen no común de la ciudad de Granada –la familiaridad casi íntima de ese paisaje extranjero. Y ello era inexcusable, pues Granada no es confundible en rincón, en matiz, en sensación… con otro lugar cualquiera. Ciudad que en su día se me mostró tal lugar acogedor y ajeno –la belleza abandonada del recodo bereber, del entorno de castellano a andaluz, de la taberna gitana. Hoy Granada, no la veo tan de ese modo –tal si se hubiera esfumado la mirada juvenil, su privilegio de calor e inmediatez, o la ciudad hubiera degradado su aroma y su tradición al lugar donde se urde la frialdad del decorado.

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