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En el confín portugués de Salamanca, Ciudad Rodrigo es urbe mucho más de monumentos –de servicios y turismo, que en la parte lusitana lo es Almeida. Lo vengo a decir en este exordio, pues en internet –donde todo se escribe, y mucho crédulo confía- leí quien denostaba la oferta de comidas de la ciudad española recomendando pasar a la hora del almuerzo más allá de la frontera. Y doy fe de que no hay tal, ni conviene de tal modo. Lo que tampoco obsta para hacer una visita: pasada la demarcación de la aduana antigua y desdeñando la autovía en la primera ciudad –Vilar Formoso- para tomar el camino de la antigua N16 que discurre y serpentea por pueblucos: parada en Castelo Bom y también Castelo Mendo. Almeida, cuando se arriba, sobre todo es fortaleza de murallas memorables y estrelladas –abiertas a un pleno sol. Con su cementerio de aire romántico, antiguo y abandonado. Campamentos militares que un día fueron, y que hoy apenas viven –de turismo, sin industria ni comercio, y en medio de verdes campos.

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