Entre las destrezas públicas que reputo indispensables para convivir civilizados, hoy padece destacada la oratoria. El arte de exponer con honradez –claridad y convicción. Sin artificiosidad ni retórica. Con esa finalidad –trasladada a la esfera secular- de la oratoria sagrada: movere, docere, delectare. Conmover, enseñar y deleitar. Claro es que no hay tal si las ideas que se expondrán no están claras –al orador, sobre todo. Tal vez desde aquí lo romo de los discursos que se oyen hoy con frecuencia –pues escuchar, tantas veces no se escucha. Y tengo para mí que es éste un mal que ha inducido el modo de ejercerse la política: aturdir por acumulación reiterada de consignas simples o -por añadido- falsas. Desde esta consideración me pregunto en mis adentros si no sería acción curativa del foro público regenerar los discursos en nuestras vidas privadas –por evidenciar la distancia en que residen los discursos inducidos y sin luz: los hablares contrahechos.

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