Hoy, que los noticiarios de la tele dan la canonización de Teresa de Calcuta. Una mujer que en su vida nunca quiso ser simpática –esa complicidad que se busca para ser aceptados o encumbrados, con el intercambio de una concesión a la postura de quien concede el aplauso. Imágenes en la pantalla, más que gestos: en cuyo concepto incluyo la distribución de pizza en la plaza de San Pedro a no sé cuántos indigentes. Si algo me ha llamado en la noticia, ello es una palabra fugitiva de un barbudo con el hábito francisco: no era divertido hablar con Teresa de Calcuta. Tal presencia innegociable, intransigente –postulando por su propia autoridad una exigencia rotunda.

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