A cuántos les complace ver un mundo novedoso. Realidad que circunda, cuyos cambios constituyan o variedad o progreso. Sin rebasar ese límite en el que las transformaciones alcanzan a traer inseguridad, o talmente la amenaza. Pero son circunstancias que acontecen –tantas ocasiones por la conjunción de los arbitrios de los hombres. Épocas convulsas, documentadas digamos que al menos desde la antigua Grecia. Y en ellas un pensar católico, medieval, aristotélico, pretendiendo anclar una seguridad a partir del postular del pensamiento: tal si todo tuviera un lugar natural entre las cosas –tendiendo a quietud la realidad, o a la salvación y al orden como final corolario. Otras veces, para hombres por fatuidad descreídos, el abandono sin saberlo a algún azar. O la conciencia insegura de quien busca construir, en la marasma de arbitrios –sin contraste suficiente de razón- que entre ellos se entrecruzan.

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