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Aquella visita al convento de la Encarnación, Ávila extramuros. De la que hace ya unos años muy sobrados –con ocasión de un curso de la universidad y en verano. Allí, una guía muy extranjera recorría y mostraba dependencias y lugares emblemáticos explicando con su acento –llamativo el desapego, la increencia que su tono y actitud nos trasladaban: y por aquí solía levitar santa Teresa, decía por ejemplo con indicativa mano flácida y con brazo quedándole a la zaga tras su desdeñoso olvido -mientras ya se dirigía a lugar ulterior y provisorio. Un visitante que se quería docto en la vida de la santa inquiriendo con repetición e insistencia impertinente: pero eso que usted dice, ¿es de la primera época de la vida de la santa, o más bien de la segunda?. Y así una vez, y otra, y otra. Y la guía, sin la opción de zafarse y tal quien solicita auxilio, rebufando desabrida en un suspiro.

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