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Guarda –esa ciudad húmeda, fuerte y denegrida, que desde Portugal vigila a España. Así la veía don Miguel de Unamuno. Sólo que añadiendo el epíteto de fea. Y cierto es que oteando desde la catedral, a su salida, se abren callejones grisientos como si de sucios se tratara –decadentes. Don Miguel no pudo ver la expansión de la ciudad en el declive de ese monte que la eleva –crecimiento más de hoy con centro comercial de regocijo para un gusto más moderno. Pero no importa esa expansión que nada quita, nada añade, a la Guarda que fue y en medida abandonada se conserva. Con sus gentes no tanto belicosas como amables y solícitas. Sus tienducas y restaurantes secretos –deliciosos. A Floresta dice ser la más antigua casa de comidas de la ciudad y su sede: un negocio familiar de presentación modesta –si cuidada y sabrosa en el manjar, en la limpieza y el trato. Cuenta el rector de Salamanca que, cavilando sobre cosas melancólicas, fue a comer -lo que es una brutalidad fisiológica independiente del alma. No tanto diría el autor, así lo doy en pensar –si en el lugar que he nombrado su colación recibiera.

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