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La ciudad ya no queda desierta en el verano. Yo la recuerdo, Murcia, con las calles exangües y vacías –mes de agosto: por la noche, con heladerías que abrían sus terrazas para nadie. La población escapaba hacia las playas –las costas de Orihuela, San Javier, Águilas o Mazarrón, donde los paseos se veían invivibles, saturados. Hormigueros con atuendo de bermudas y de chanclas mariposa. Pero Murcia no se queda ya desierta en el verano: comenzó con la estrechura de la crisis económica –la última, antes de escribirse estos renglones. Como, después, la población aprendió: a elegir tantas cosas por sí misma –a quedarse, o a viajar, veranear en la costa. Olvidando el gregarismo de tiempos de nuevos ricos –fementidos, e inclinados a lo cutre.

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