Como los libros tienen una lectura segunda. Cuando el tiempo de la vida transcurrido interpuso su distancia con el joven que leía. Y por eso F. confesaba su costumbre de poner una calificación a cada obra literaria que acariciaban sus ojos –para contrastar con la lectura por venir a partir de la madurez que acarrean los trabajos de la vida, o la que los años traen. Sin sospechar lo que vería como obvio: que la madurez no trae más rigor al enjuiciar –antes bien, que trae indulgencia: o un modo de redimir escudriñando el valor en el lugar donde estaba, pero el púber no advertía. Como también la memoria le traería el recuerdo de personas que pasaron por su vida –hoy con ademán más generoso, con bondad que sus ojos anteriores no veían.

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