La intelectualidad también tiene, según modas, sus vaivenes en los roles que le aportan crédito o prestigio. A sabiendas de que, si de modas se habla, se mira en el corto plazo. Los años ochenta, y en España, vieron un crescendo del prestigio del poeta –hoy menguado y en ocasiones caduco, en parte por lo indefinido del rol y abundancia de aspirantes. Después vi llegar un ascenso reputable del filósofo: portador pretendido de un discurso que diluye los arcanos y desentraña el presente. Discurso por entonces ungido de oscuridad e impostación de belleza. Modas acompañadas por un rasgo personal –una estética de quien se siente tocado por genialidad rentable. Por lo que al discurrir filosófico atañe, hoy lo encuentro socialmente bloqueado –sin audiencia que lo acoja, y sin favor que lo aúpe. Tal si no hallara lugar –perdidos los antiguos fundamentos, confundido entre la empiria sociológica, o escondido en entresijos de lo huero estetizante.

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