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Digno y elegante, sin asomo de arrogancia, el brazo abandonado –abrazando sin descuido una esquina del piano. Así -negro el pantalón, camisa negra- anoche recibía Ludmil Angelov la unánime ovación de un público con gratitud y entusiasta. Espectáculo, no se sabe si mayor la sonoridad romántica de Liszt y de Chopin enloqueciendo la calma de las aguas que la noche coronaba –o el suave, el enérgico, el preciso juego del teclear de los dedos, el vigor de las muñecas, la destreza acariciosa de las manos. La luna, redonda como lo es ella –y en plenitud ambarina: sobre el mar, sobre el castillo en cuyo adarve el concierto discurría. San Juan de las Águilas –esa fortaleza que arrodilla en la bahía su silueta caprichosa. Como anécdota que un siglo plantara, entre belleza tan clara y tanta.

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