El profesor Navas contaba en ocasión, cuando era yo estudiante, que la nobleza española –reinando Felipe IV- se ocupaba muy mucho en intrigas palaciegas. En ascensos, buscando su lugar al sol que más recalienta. Como siempre sucedió, cualquiera que sea la forma que revisten arribismo y privilegio. Sin ir más allá, refería el profesor que aquel rey dictó pena de prisión para el noble que fuera divisado en calles o saraos madrileños –mientras Portugal se perdía para la corona hispánica. Y visto desde los siglos que hasta hoy han transcurrido, no parece que las cosas sean en mucho diferentes. Esas formas de nobleza tan cazurra, como el arribismo en los partidos configura –y su éxodo a Madrid, para no saber resolver su tarea y cometido tan siquiera. Mirándose y remirando su blasón y su fortuna. Sin capacidad de dar aquello por lo que están: apariencia de un gobierno. Mientras se asiste al conmover los cimientos –y el Estado se resiente en costuras catalanas.

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