En el tiempo que corre, no es difícil afirmar que se cree en los demonios. Pero sin convicción interior –por esnobismo, diciendo sin decir y a favor de la apariencia o de la moda. Ni siquiera a favor de la corriente. Tiempo hubo en el que eran más real que lo real, presentes como estaban por doquier a partir de una obsesión –o por el miedo. Después, tuvo el sentir de lo sagrado su descenso a los infiernos –de la trivialidad, que lo es para dioses y demonios. La debilidad que el denominador común de lo humano y muy humano imprimió sobre el submundo donde se invierte la imagen ideal de las alturas. Pero hoy, denegar rotundamente la existencia de demonios parece como dar una importancia a la que el común resiste. Como si juguetear con su invención o su ausencia eximiera de la opción de denegar –astucia esencial  y diablesca en grado extremo, como una cierta y rancia teología postulara.

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