Esta vida que llevamos –desde la cuna a la muerte-, la forjamos más o menos a partir de la conciencia. A favor del instinto en ocasiones, otras en contra. Y así sucede en medidas diferentes en unos hombres y otros: a través de esos actos que la biología afirma, buscando un perdurar que aflige por imposible. O la afirmación colectiva de la tribu familiar –u otras tribus que de otros modos se afirman. Mimbres que, por lo común, comprenden la vida de un tal cualquiera. También hay quienes sobrevuelan por encima del instinto o de la tribu, de un modo más destacado. Como frase musical de la conciencia, por encima de la montaña o la piedra. Quienes parte de su hacer y de su vida la emplean en obra más neta y civilizada: arte, ocupación u oficio que consagran la atención y desvían la existencia hacia lugar donde nadie los espera. Salvo cuando el balcón de la vida se asoma hacia el fin de ese vivir, del trabajo y la existencia. Un halo de soledad, y el olvido agazapado en los resquicios de los siglos venideros.

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