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No se espere en estas líneas un elogio o defensa del toreo –y no porque alguien no encontrara sus motivos para hacerlo. Pero aquí, tataré solamente y nada menos que de civilización y del sentido que la funda –el común de la razón: el pensamiento. Pues la muerte reciente de un torero en el coso de Teruel ha conmocionado en sentidos diferentes a multitud de personas, y también –por si alguien piensa que es posible distinguirlos- de twitteros. Vaya, en primer lugar una afirmación tan obvia: que la esfera del respeto –el valor que reconocemos a personas, y después al animal y a las cosas- es un exclusivo de los hombres. Que el animal no es sujeto que construyera valor: que no valora con fundamento y discurso, aunque sea objeto del que le dispensamos nosotros. Cosa diferente será el apego que determinados animales puedan tener a personas, o a sus amos. Lo contrario llevaría a tener por inmoral o por falto de respeto a aquel can que –tal manojo de instinto- me acometió sin mediar provocación, y que me hubiera dejado maltrecho si de él no me libraran mi juventud y mis piernas. Sin embargo, los hombres sí podemos otorgar un valor al animal –reconocido, inherente. Pero sin antropomorfismo, y en medida razonada: en el espacio público donde las razones se cruzan y se confrontan –buscando la convicción, como en una democracia se reclama. Sin recurso, por lo tanto a imposición, o a la crueldad sobre otros –sea infligida con palabras, con acciones o con gestos. Por lo demás, la libertad es valor que debe ser igualmente preservado: también la de quien ejerce una actividad de riesgo, de manera voluntaria y en la medida en que sucede con otras.

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