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En el geriátrico, una interna con demencia y con el cuerpo doblado en el asiento –la cabeza abatida, mirando y musitando sonsonetes hacia el suelo. Se comenta que en su tiempo mantenía aficiones por la rapsodia y el canto. Por lo demás, hay en su demencia un rasgo externo que provoca el rechazo en los otros residentes: recitando sin parar –y lo digo sensu stricto– palabras inconexas, sin sentido, pero con el ritmo perfecto que marca el octosílabo. Una con otra sus palabras, que nada significan todas juntas. Salvo la exigencia de que el ritmo se produzca –y nunca cese. Como por mostrar que más allá de las palabras y de lo que juntas dicen, el canto se pronuncia y se confirma -a pesar de la conciencia dispersada, y sobre todo.

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