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El verso sanjuanista dice más –como el lector sin duda lo sabe: la cena que recrea y enamora. Por lo que a este post se refiere, yo prescindo del enamorar salvo que se trate de ese arrobo que la música –la buena- nos produce. Pues de ello se trató la noche del pasado sábado en el órgano barroco de aquella iglesia manchega. Con un repertorio que Jan Vermeire –organista que gobernaba el teclado- diseñó con esmero –y mismamente con mimo: tan nuevo y de obras tan antiguas, delicioso más aún que ignoto o inesperado. Todavía en el regusto de los sones, la hospitalidad lugareña obsequió con una cena tamañamente manchega: en el patio de su casa, Luis Manuel y su discreta familia –con el párroco que es alma de estos ciclos de conciertos, con amigos, con el músico. Y a la luz de las estrellas. Correa de Araujo –comentaba con modestia- es músico sobre todo para músicos. Aunque en él hay lugares sublimes e indiscutidos. Su bonhomía, allí patente en el tono y las palabras. Los amigos, el ambiente familiar y campechano. Y el párroco –amable y conversador, acogedor y elegante.

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