Imaginen que naciéramos los hombres con un repositorio limitado de palabras. No que fueran finitas las que hubiera a nuestro alcance –pues lo son de hecho, mortales como somos. Algo más: que fueran limitadas más aún que los días que tenemos. Que pudieran gastarse, y seguir nosotros en la vida –sin palabras que llevarnos a la boca, aunque persistiendo el pensamiento solipsista en cada cual, en los adentros. Sería un talismán que defendiera de las palabras vanas –la demagogia: amenaza mayor para el lenguaje, más que su escasez lo fuera. Por la rotura del supuesto que lo funda: la confianza que se dan y se intercambian en palabras los hablantes.

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