Las memorables historias de Astérix y Obélix recogen un capítulo de andanzas por España. Y es verdad que está bien que tan grandiosos personajes decidieran cruzar hacia el lado de acá de la frontera pirenaica. Sin embargo, el episodio demuestra cómo hasta en las manos del genio la falta de documentación –de conocimiento, incluso- se desenmascara bajo forma de ignorancia. Por decir un caso, recordará quien leyera esas viñetas que –a poco de entrar en el país, y en la ciudad de Pamplona- don Quijote les sale al encuentro en un paisaje de planicies que motean los molinos de La Mancha. Basta con haber viajado, para conocer la diversidad del país –su antiguos reinados, hoy regiones. Basta con viajar para conocer lo impensable de encontrar en Navarra el paisaje y las gentes de La Mancha. Traigo esto a mi memoria, después de asistir al ballet Don Quijote –que la Compañía Nacional de Danza ha puesto hoy en la escena. Con una mezcolanza de toreros, de trajes de regusto sevillano, de mesones castellanos –y un quijote que no danza en modo alguno, y casi estorba. Sin embargo no empece nada de ello a la maestría, y al contento que recibe el respetable –a sus aplausos. Todo esto empuja a considerar que los nacionalismos que, particulares, se diseminan hoy por España desconocen lo invisibles que resultan para quien ve desde afuera y con los ojos del mundo. Mequetréficos que son, y no lo saben –y ufanos como pequeños.

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