A Sabina no lo veo, tal algunos, como ejemplar posmoderno de un mester de juglaría. Pues los hay que así lo entienden, quizás por lo urbano y barrio chueca de sus letras –por su voz acascarrada, y casi rota hace un tiempo. Yo así no lo veo, pues el juglar es ave transitoria –por más que permanezca su renombre o su verso en la memoria de la plebe. En Sabina, sin embargo, veo algo del primitivismo sagrado aglutinando a la tribu –en una comunión descreída de valor, contravalor y de vida suburbana. O por decir de otro modo, veo en él y en su música postulación de un valor y afirmación de doctrina. Como en los inicios de podemos –el partido-, con su puerta del sol –su 15M iniciático, y en gran medida endiosado. Por más que en Sabina sobrevuele el gesto antidoctrinario de la crítica ante tanta afirmación, y tan consciente impostura –con desparpajo, con acidez y distancia.

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