Una comida de empresa –fin de curso por ejemplo, con asistencia de algunos jubilados hace un tiempo- es ocasión para ver que hay por acá o acullá quienes no han cambiado tanto. Y no digo cambiar en aquellas cosas en que el cuerpo paulatino nos obliga. Digo más bien en esos tics de ironía, de cercanía o desenvolvimiento cercano. Como una matriz personal, una impronta o una esencia inmune al paso del tiempo –ese viento de los días, volatilizando el excipiente que añadimos a lo que somos en el trajín de la vida.

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