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Vaya de antemano que el título que encabeza estas líneas, lo tomo de una obra de Blanchot –el crítico y novelista que tanto puede llevarnos a desaprender en la literatura actual. Un título grande por lo arrebatador: aquella parte que el fuego toma para sí, sin residuo ni permanencia material. Lo que se consagra a arder, y en el arder se consume. Lo llamado a desaparecer en su brillo y su eclosión. Por si alguien o alguna cosa, en la literatura moderna, tuviera pretensión de permanecer. Y así, me pregunto a veces por los años en que me consagraba de modo exclusivo a la afición de escribir. Aquellos días y días en que todo mi cavilar tenía en el verso su colofón natural. Recuerdo de aquellos tiempos cómo no concebía el momento de mi vida en que el verso dejara de ser la constante de toda mi preocupación. Con escándalo, que sólo la reverencia del aprendiz acallaba, escuché al maestro José Heredia decirme que en la labor de los versos cuenta sobre todo la propia diversión –sin la que nadie, por nada, se pondría a la labor de escribir. Hoy lo veo así, o tal cual. Frente al tedio de poeta consabido que recorre su camino -como un deber decadente, de rutina conyugal.

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