Para un adulto, la fiesta de su pueblo es un gentío. Paseantes, tiovivos, conciertos o terrazas –un ambiente. Como otro día cualquiera en que así la convención lo designara. Lejos ya -por el tiempo transcurrido y esas cosas- del pantalón replanchado con vapor y amor de madre, la colonia en el cabello humedecido con brillantina y peinado, el jabón de olor acariciando brevemente las mejillas que humedeció la toalla. Para un adulto, la fiesta sin embargo es la distracción, un ambiente. No la fiesta interior que prepara para el júbilo de la jornada, apenas se anuncia o llega.

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