No me sea dado creer, por un pensar mequetréfico, en la bondad de los niños –en la alegría y candidez de su mundo inmaculado. Que bien sé de los tomas y los dacas entre ellos, en la medida en que pueden. Diré incluso que a su maldad -las veces en que acontece- no le falta el cálculo del daño, con respecto a la maldad que perpetran los mayores. Ni les faltan las ganas, ni la rabia, ni la sinrazón, ni el capricho. Ni la soberbia, ni el demudado egoísmo. Pero el mundo de los mayores… una desazón en adentrando nuestros pasos en su ciénaga. Pues se une a todo ello la memoria –con su odio amontonado e insaciable. Y el vinagre de una vejez resentida que, a lo lejos, ya se acerca.

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