Voy a decirlo brevemente: la exigencia sobre uno mismo –en cualquier actividad, y de cara por lo tanto hacia los otros- trae consigo un rigor, y el rigor acarrea un prestigio contingente como es dado que lo sea, y el prestigio que nos llega se acompaña y nos inflige soledad. Yo lo he vivido desde niño, en la medida en que esa exigencia me fuera reconocida por la mirada de los otros colegiales. El escrúpulo en cumplimentar con minucia las tareas del colegio, de hacer lo que en cada momento se entendía que es debido, de dar la altura que cada cosa exigía. Todo ello en medio de un entorno bullicioso, de escolares desatentos que reconocían el mérito ajeno –sin emularlo, con despreocupo y sin demasiada admiración. Esa sensación me ha acompañado tantas veces y en ocasiones variadas a lo largo de mi vida. Como para hacerme entender que el valor es una convención solamente en medio de los quehaceres. Que la vida es inmediata, y se conduce –salvo caso extraordinario- sin sujetarse a otros fines y sin mucha reflexión.

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