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En una de las sesiones del Aula de Poesía, en los ochenta y en la ciudad de Granada, preguntaba un asistente hacia la mesa si –doctos como eran reputados en materia de poesía- podrían, en leyéndolo, distinguir un poema bueno de un mal poema. Un profesor que presidía aquel acto, repuso que ellos podrían decir qué poemas les parecían acertados en medida –mas sin poder pronunciar un dictamen dirimente sobre el ser o no ser del aspirante a poeta. Aquellas sesiones tenían lugar en el palacio nazarí de La Madraza –universidad que fuera bajo Yusuf el Primero. Para mayor nobleza, enmarcábanse en el Salón de Caballeros XXIV. Era lugar de solemnidad para los actos aquellos –con abolengo de mobiliario y ornato. También los asistentes acudían vestidos elegantes a esa cita con palabras y belleza. En el contexto, la respuesta del doctor –según lo dije- pareció inconsistente a ojos del respetable: un público que acudía en la convicción de un valor inherente a la poesía. Preanunciaba sin embargo aquel decir decenios venideros de impregnación democrática: sin un valor que aglutine las palabras, salvo la autoridad del vulgo ocupando y confundiendo el estrado y la bancada.

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