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Nació la escritura para asegurar la permanencia –del mensaje, de la forma: de su ritmo y su belleza. De ahí su relación con lo sagrado. Con el clérigo, con el profeta o el vate. Y así por siglos y milenios: del papiro a la tabula, al pergamino, al papel, hasta la imprenta. Unida la escritura a esa materia, el sustrato que la porta –que la mantiene y consagra. Hasta el tiempo en que se escribe en la luz, con las palabras que ahora –ay, lector- impresionan y deslumbran tus pupilas. Y aquí, escribir sin permanencia asegurable de lo escrito: flotantes las palabras para ser intercambiadas sin sacralidad, ni eternidad, ni detención en el tiempo. En el rastro especular de la luz que las engendra, y el brillo que las desplaza.

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