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Intelectualidad aparte, mucha gente acude a los teatros con el fin de divertirse. Como sucede en Almagro –en su Corral de Comedias. Y a fe que la pretensión que digo se hace valer por sí misma, sin necesitar argumento a su favor o sesudo raciocinio. También ha sucedido, en la comedia del virtuoso adulterio –inspirada en Maquiavelo. Donde los actores –la compañía del corral– han hecho lo que mejor saben siempre: prestar su hacer al enredo de la trama, con sencillez y cordura. Y el público cooperando con ganas, y entregado en algún modo. El final –no parece que lo sea, pues falta un desenlace expreso y a lo clásico: el único punto donde la obra cede a la elucubración, sin éxito en el propósito. Antonio León hace un fraile casquivano: con esa sencillez que lo torna inconfundible en papeles que no alcanzarían relevancia -salvo solvencia y bonhomía, tal sucede, del actor en difícil desempeño.

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