Yo conocí colegio mayor donde el director se afanaba en avasallar a los jóvenes residentes. Incluso con su punto tiránico, trufado de sadismo. Aunque no lleve el lector esta afirmación al extremo –pues avasallaba en aquello tan sólo en que podía: palabras elevadas, intromisiones frecuentes en la esfera de la vida autónoma y cotidiana, exabruptos con hedor de mezquindad autoritaria… Son las cosas del poder cuando es un mequetrefe quien lo ejerce –en sentido bereber de la palabra. Lo vengo a decir porque el sujeto aquel imponía un lenguaje forzado en los giros y palabras –una jerga oprimente y expansiva, ocupando por completo el espacio común de los que hablaban. Hasta el punto de convertirse en signo que preanunciara tiranías en cualesquiera lugares que cualquiera transitara: cuando el mequetrefe inventa un lenguaje exclusivo y unitario, y lo impone con pretensión de pronunciar una verdad que a ese grupo corresponde. Ya saben lo que digo en esta entrada: cabalgar las contradicciones, como un tal con pretensiones decía no hace mucho elevado en su tribuna –para decir sin decirlo que en su hacer todo se encierra y resume en estrategia, incluyendo a los súbditos y el aplauso que lo aclama –el coro, o corifeo que entre vítores lo aúpa.

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