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Vaya de antemano que no voy a cuestionar los valores literarios del americano Hemingway. No es cuestión en esta entrada. Pero es cosa diferente que la relación adulatoria desde España peque un tanto de paleta. Porque para el común y por estos andurriales, don Ernesto no es más allá de un escritor de América que fue amigo de los toros. Con ese regustillo nacional de que alguien desde fuera –y, por lo tanto, importante- se prende de cosas nuestras. Nuestras cosas populares. Como ungiéndolas de arte con sus manos sacrosantas. Y digo yo que un torero versado en artes y letras no es más torero que un buen torero palurdo. Como un escritor que detesta la faena nacional no es peor escritor por eso. Yo siempre afirmé que los toros se defienden, si lo hacen, por sí solos –con su afición y su arte. Por mi parte, tengo que confesar que nunca fui cabal, de aficionado. Aunque supe disfrutarlos en ocasiones discretas. Hoy, mucho tiempo ya que el coso no recibe la silueta de mi sombra. Pero sin mixtificación ni moral de consumo progresista –ni superioridad, censuratoria y cateta.

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