Las escaleras mecánicas del Corte Inglés se abarrotan de clientes que se miran de soslayo en espejos laterales. Y en su gesto no veo pretensión de comprobar la permanencia del aderezo compuesto horas antes ante el espejo de casa: más bien corroborar el aspecto, la presencia que cada cual para sí propio pretende. Llego a pensar, incluso, que esos espejos que flanquean las escaleras son parte permanente de estos grandes almacenes desde que yo los conozco. Razón por la que pienso que tendrán alguna relación de estrategia de psicología comercial cara al cliente: pudiera ser que crear un bienestar, una satisfacción consigo que predisponga a la hora de palpar la mercancía –la blusa de fino encaje, la corbata, el almohadón, la butaca, el electrodoméstico ansiado. Por mi parte y cada vez que subo esas escaleras, los espejos reflejan en mi memoria la imagen de aquel que fui, de quien fui siendo, de quien soy en este instante. Una memoria que, no sabría el por qué, otros espejos no me crean ni me devuelven.

©

Anuncios