Como algunos estudiosos quizás sepan, hay una psicología del poderoso. Lejos de pensar que quienes tienen el poder son siempre censurables, y son otros. Pues tengo para mí que cada cual disfruta la parcela de poder que ha logrado granjearse: que es connatural ejercer un poder en todo ser vivo –y más, consciente- que se precie. Incluso esa condición, necesidad o apetito –como sea-, tiene siempre su estrategia. La más zafia, la de quien procura ejercerlo erga omnes como una exhibición arbitraria de su arbitrio: lo más cercano siempre a formas de tiranía. También quienes gestionan el poder mediante renuncias calculadas para ganarlo en prestigio o gratitud en ámbitos preferibles. O quienes se agazapan ejerciendo su poder por personas interpuestas. Quienes lo miran con desdén ante sí y ante los otros, pues lo fundan en prestigio conseguido con el esfuerzo y el éxito. Todo siempre en el juego universal de lo actuado sin sustancia en escenario y oropeles, y lo que una auctoritas sagrada esconde.

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