Hasta hace bien poco, desde que fue mundo el mundo, el extranjero fue un errante desconocido y lejano. Que traía el misterio, el enigma, la amenaza de países incógnitos –alcanzables solamente en tanto que imaginados. Cuando el atravesar un extraño por el pueblo retorcía miradas curiosas o inquisitivas, sacaba a las calles a los niños –para ver la novedad: a las calles o a las puertas de sus casas. Un algo debe de haber uniendo esta experiencia con la experiencia sagrada: el extranjero… un dios, un emisario o un ángel. Hasta el tiempo en que huyeron las distancias –se borraron: aunque cada cual a un modo. Las distancias en los ojos de los pobres, tan lejos de las que ve nuestro ojo occidental -domesticado.

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