El halago es moneda apropiada para comprar voluntades. Fruslerías que los fenicios dejaban a cambio de riquezas verdaderas. Una falta al interés de los otros, y al respeto. Dejaré para otros deslindar el lugar que separa adulación y halago. Pero el resistir requiere en ocasiones una grande inteligencia. Sobre todo cuando ese halago es masivo y nos envuelve –el parlamentario que inocula su discurso biempensante. Y después, el que se torna decisión de quien gobierna –pagaré extendido con cargo a nuestro hoy, o al futuro de otros: el porvenir de los hijos. Tal si no fuera opción legarles un país que no improvisa, y sin retórica insolvente.

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