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Parece que decae el furor heráldico de otrora –cuando tantos y cualquiera soñaban un blasón, y diseñaban (la imaginación, siquiera) sus armas y cuarteles. No crea el lector que hablo de otros siglos. Aunque el español siempre llevó, secreto y en su adentro, un deseo de abolengo. Ese deseo que estalló en forma de locura colectiva con los nacionalismos recientes –como un solar antiguo: blasones repintados de un linaje escaso, a lo cutre e inventado. Un solar no familiar –sociológico a lo pobre, endogámico y gregario.

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